

Ganas. Ganas de quebrarme contra el pavimento como un frágil ventanal igual a aquellos que veíamos en tardes de otoño en las que tu cuerpo era abrigo suficiente para cambiar mi código postal y llamarte hogar. Llamarte hogar a ti y no ése cubículo mate donde paso mis días con el sabor agridulce del orgullo atorado en la garganta en compañía del tedio y los disgustos y las nostalgia y todos esos ridículos y sobrevalorados versos de basura sentimentalista que alguna vez conocieron tus ojos tras ser escritos en una de esas noches fuera de casa donde el licor te conoce mejor que tú misma y el cigarro cobra forma de terapeuta porque la psicosis nunca se hace esperar especialmente aquella noche de domingo que fue demasiado larga y la desesperación y la misantropía pudieron más que las ganas de escuchar ese tono molesto y dulce que es sólo tuyo, las ganas de hacerte enojar sólo porque sí, de comerme todos los signos de puntuación porque no tienen ningún sentido en esta parodia, de no tenerte solo en líneas, de tocar tu rostro y tus labios y tus manos frías, frías como el pavimento de una tarde de otoño donde dos incrédulos jugaban a encontrarse.